martes, 18 de febrero de 2014

Patricia Suárez

Amistades peligrrrosas 

Listo el pollo, pelada la gallina



La Bella Durmiente también ronca


Reina Mala, Patricia Suarez

Tal como le pasa al Lobo de la historia de Caperucita Roja, las madrastras de los cuentos son personajes incomprendidos y maltratados, a los que se denigra con falsas acusaciones. Hoy, aquí, habla la Madrastra de Blancanieves para rectificar su historia con el Espejito Mágico, para limpiar el buen nombre y para darle voz a sus compañeras de desventura: la madrastra de Hansel y Gretel y de Cenicienta.

Un fragmento de la vida de Irene S
Irene S. es joven, distraída, tiene humor, no está conforme con su vida, con las cosas que hace ni con la ciudad de provincia donde vive. Ha pasado mucho tiempo aferrada a sus miedos, y de pronto comprende que los miedos empequeñecen los horizontes de las personas en lugar de engrandecerlos. Por eso, decide viajar. Son viajes cortos: algunos a Buenos Aires y, otros, al campo en el que viven sus padres. Ellos también realizaron un viaje desde Italia y tampoco se hallan a gusto en el lugar donde viven, pues los viajes abren preguntas cuyas respuestas son otras preguntas que calan aun más hondo. Irene S. se pregunta, entonces, si no será parte de la condición humana el hecho de estar a disgusto en una geografía y siempre más o menos insatisfecho con la propia vida.

Verde sobre morado
La policía no la había tratado del todo bien. Primero porque la consideraron sospechosa, pero des-pués de dos o tres interrogatorios salieron de duda. Yolanda Pratt era inocente, es más, hasta era una estúpida. Una estúpida cabal. En un patrullero con la sirena aullando la devolvieron a su hogar. El Inspector la ayudó a entrar protegiéndola de las docenas de periodistas que estaban en el jardín: los rosales pisoteados, la verja violada. Tuvo suerte de que no vandalizaran el recinto, afirmó el Inspec-tor. Podrían haberle puesto un policía para vigilancia del lugar, pero la verdad es que cuando eso sucedía la gente se quejaba y se ponía agresiva. Decían: ¿protegen la casa de un asesino, de un vio-lador, cuando su deber era proteger a las víctimas de semejantes monstruos? Entonces apedreaban a los policías, les tiraban agua caliente, les hacían pequeñas maldades. La gente común tiene un senti-do muy particular de la justicia, cejó el Inspector. Si ella quería un guardaespaldas debía elevar un pedido, una carta-documento al juez penal y probablemente le pusieran uno en cuarenta y ocho horas hábiles. La burocracia se toma su tiempo, el mundo jurídico es el mundo jurídico y los tribu-nales no son la torre de la canción: no se puede entrar y salir cuando a uno le viene en gana. Ella le dijo que no deseaba un guardaespaldas. Muy bien, tenía alguien que le hiciera compañía entonces?, le preguntó el Inspector. No, no tenía a nadie. El tipo, con mucha parsimonia se puso a hervirle un té. Encontró una caja con saquitos de té un poco mohoso (Juan Jacobo odiaba el té, afirmaba que sólo estando enfermo de muerte una persona debería tomar semejante bebestible), té verde. Le echó azúcar, primero porque no encontró edulcorante y después porque consideró que a esa mujer una buena dosis de azúcar tenía que venirle bien. Junto a la alacena donde había dos tacitas inglesas descansaban unos libros de ella: El pulpo frito, era el más notorio, pero había otros títulos. Así el Inspector cayó en la cuenta que ella era la escritora que leían sus hijos. Hasta en la escuela les hab-ían obligado a comprar libros de ella, para leerlos en clase. La taza tembló en su plato cuando él la puso delante de Yolanda. En otra ocasión, le hubiera gustado preguntarle cómo era ser escritor, de dónde venían las ideas, cuál era el secreto. En otra ocasión, a pesar de la brecha de clase social entre uno y otro, él, tal vez hasta se hubiera animado a invitarla a cenar. Ahora, cuando vio los libros y a la mujer menuda acodada en la mesa, él comprendió que no tenía nada para decirle. No había nada más que hacer por ella, excepto largar unas lágrimas amargas.

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